Aulas sin resguardo, leyes sin cuerpo.

Hay una convicción que se repite como si fuera un secreto bien aprendido: el derecho educativo por encima de todo. Suena firme, casi solemne. Pero cuando uno baja a las escuelas —a las que existen de verdad, no a las del PowerPoint— descubre que las leyes, si nadie las sostiene, son apenas un murmullo. Están ahí, sí, pero no alcanzan a tocar la vida cotidiana del aula.
El viejo régimen disciplinario fue reemplazado por normas de convivencia, más cálidas en el espíritu, más inciertas en la práctica. Eran una promesa de humanidad, no un sistema. Y en el medio apareció un mantra que se repite con demasiada soltura: la autoridad se construye. Como si la realidad escolar fuera un taller de carpintería donde cada docente fabrica su propia fortaleza con voluntad y paciencia. El problema es que la autoridad no se fabrica sola: necesita reglas, acuerdos, un marco institucional que no cambie cada dos semanas.
Los docentes jóvenes lo entienden rápido. No se victimizan, simplemente toman nota: aulas donde el riesgo es cotidiano, pasillos donde la agresión es más frecuente que el gracias, familias que reclaman derechos sin asumir responsabilidades. Y entonces deciden. No renuncian: eligen otro camino. Por eso los profesorados empiezan a vaciarse, como esas habitaciones de una casa vieja donde, sin que nadie lo diga, ya no entra luz.
La relación educativa, para prosperar, necesita retroalimentación. Un gesto que vuelve. Un “profe, no entendí” que abre un diálogo. Incluso en la adolescencia, esa moratoria emocional donde todo se prueba y nada es definitivo, el ida y vuelta marca la diferencia entre una clase y un monólogo. Sin esa reciprocidad, la escuela se vuelve un escenario sin público.
Y en este contexto aparece la Ley de Libertad Educativa, con el homeschooling como opción casi natural. Pero ahí se abre otra pregunta incómoda: ¿qué ocurre con estas tensiones cuando el aula deja de existir? ¿Dónde quedan las normas, la mediación, el carácter público de la educación? En el hogar no hay terceros neutrales, no hay convivencia con otros, no hay diversidad que desafíe y obligue a pensar. Puede haber amor, dedicación, esfuerzo, claro. Pero es otra cosa. La escuela, con todas sus fallas, sigue siendo el único lugar donde la pluralidad no es teoría, sino práctica diaria.
En medio de este mapa incierto, conviene recordar que educar nunca fue un acto unilateral. Cortázar lo escribió con una sencillez que incomoda por su perfección:
“Andábamos sin buscarnos, pero sabiendo que andábamos para encontrarnos.”
Ese es el corazón del vínculo pedagógico: dos personas que se encuentran sin haberse prometido nada, y que sin embargo necesitan condiciones para reconocerse.
No se trata de salvar al docente ni de domesticar al estudiante. Se trata de algo más básico, casi obvio: sin límites claros no hay convivencia; sin convivencia no hay escuela; sin escuela no hay ciudadanía posible. Todo lo demás son consignas que quedan lindas en un afiche, pero que no sostienen a nadie cuando las cosas se desbordan.
Las leyes dicen una cosa. Las aulas, otra. Y entre ambas, en ese espacio donde debería estar el Estado, suele haber un silencio que ya no se puede justificar.

Crédito: José Luis Lázaro