MISTERIO EN EL MONTE – Por Roberto Rule

Prendimos el Citroën 2 CV temprano para que se vaya calentando, cargamos el mate, cuadernos y lapiceras para ir anotando las novedades. Lentamente enfilamos para la ruta 205 que va de Saladillo a General Alvear. Veníamos de una experiencia que nos había intranquilizado: un trabajo sobre avistamiento de aves nos mostraba como estaban desapareciendo en los últimos años.

El día estaba radiante, el sol enceguecía, algunas nubes en el horizonte se insinuaban como amenaza a la tarde espléndida. Las lagunas brillaban plateadas a ambos lados de la ruta. Cuando llegamos al km 230 tomamos un camino de tierra que va de los Cuatro Caminos hasta General Alvear, recorrimos 10 km y frente a un cartel que decía La Parva paramos el auto, bajamos llevando todos los elementos que habíamos cargado. A todo esto le agregamos una escopeta que teníamos detrás del baúl con dos cartuchos, solo para darle cierta tranquilidad a mi pequeño acompañante.

Hacía muchos años que mis tíos habían muerto y nadie había vuelto a entrar a ese lugar, encontramos a nuestro paso restos de plásticos, arados y herramientas oxidadas. Los peludos y los zorros habían cavado y destruido las construcciones asentadas en barro. El monte inmenso y majestuoso estaba como lo había conocido de niño, árboles de eucaliptos y acacias de más de cien años. Nos sentamos en una lomita a descansar y a mirar el monte que íbamos a recorrer. Mí idea era observar y mostrar a mi compañerito los pájaros que habían acompañado mi infancia. Nos paramos y empezamos a caminar, el silencio abrumaba, nos deteníamos en cada árbol para mirar sus troncos, sus ramas, sus hojas, me costaba encontrar algo de todo lo que había imaginado. Recorrimos las casuarinas que estaban al costado de la casa y donde jugábamos al futbol usándolas como arcos, luego, entre las ramas y pajonales, avanzamos hacia el monte de acacias que había plantado mi abuelo Camilo para utilizarlos como postes para alambrar. Cuando iba recordando como para ganar tiempo contándole que le había agregado al tractor una mecha para hacerle los agujeros fue que nos detuvimos de golpe. Entre medio de las acacias blancas florecidas, después de caminar casi una hora, mi compañero me miro por primera vez,. No habíamos intercambiado una sola palabra, en sus ojos adivine que me quería decir algo. Si, enseguida me di cuenta de lo que me quería decir, que no habíamos visto ni un solo pájaro. Nada de nada, ni horneros, ni chimangos, benteveos, cabecitas negras, jilgueros, palomas monteras, caseras, torcacitas, nada. En mi infancia las bandadas ocultaban el monte. Nos quedamos inmóviles un largo rato. Se intuía como queriendo esconderse algo que se negaba a mostrarse. Tampoco se escuchaban sus trinos y gorjeos. Fue un instante en que observamos un movimiento entre las ramas de un nogal perdido entre la inmensidad de troncos y hojas. El ruido se hizo cada vez más intenso y cercano|, hasta quedar ante nuestros ojos un pájaro todo negro con plumas colgando a los costados de cada ala y en su cola. No era un ave que conociera, ni tordo, ni cuervillo, ni estornino, ninguno de ellos. Permanecimos quietos para que no se volara, se movía hacia nosotros y regresaba a la rama de donde había salido. Estuvimos unos minutos observando su comportamiento hasta que decidimos avanzar dirigiéndonos a donde se posaba. Conservando la distancia se fue a otro árbol. Nosotros por detrás. Nuestros pasos siguiendo al ave fueron más rápido porque teníamos temor que nos agarrara la noche. Camínanos por el bosque siguiendo a ese pájaro un largo trecho hasta llegar al monte de higueras. En ese lugar fue que nos dimos cuenta que nos había estado guiando entre un bosque ausente de vida, repleto de silencios. Seguimos apurando el paso hasta que en el medio de la espesura observamos que un rayo de luz se precipitaba hasta el suelo que estaba tapizado de matas de capiquis. Nos detuvimos. Miramos hacia el cielo, por un instante quedamos enceguecidos, nuestras figuras quedaron recortadas. Pasaron unos minutos, luego lentamente abrimos los ojos, pasado un rato éramos solo ojos que pedían ayuda para seguir mirando. Estábamos viendo un inmenso árbol solitario. Sus hojas eran de todos colores y brillantes. Con el viento se movían y despeinaban, cambiando de matices y brillos. Las piernas nos temblaban, sentimientos contradictorios de tristeza, angustia y alegría nos invadían. Lentamente nos fuimos acercando, fue mi compañerito quien mirándome a los ojos me dijo algo que nunca hubiera querido escuchar: “las hojas no son hojas…”, “¿cómo que no son hojas?” le respondí, “no son hojas son plumas”, me contesto. Si, si, son plumas, son plumas, gritaba desesperado el pequeño. Un sudor frío recorrió mi cuerpo. Cuando pronunció la última vez las palabras “son plumas” fue que observamos un extraño movimiento en sus ramas. Como si quisiera moverse con forma de animal. Empezamos a retroceder y, casi a la carrera, mirando para atrás, observamos como si fuera un inmenso sauce llorón multicolor con movimientos bruscos en sus ramas. No corría ni una brisa, la tarde estaba calma, plena de contemplaciones. Corrimos sin parar a la velocidad que podíamos hacia la parte norte del monte donde estaban los molinos y solían sembrar girasol y maíz. Exhaustos nos detuvimos a mirar para atrás como queriendo asegurarnos que lo que habíamos visto ya no estaba más. Fue en ese momento en que, emergiendo entre los árboles, vimos como esos colores brillantes levantaban altura pasando por arriba nuestro cada vez más cerca hasta quedar a unos metros por encima, sus raíces semejaban garras. Nuestras vidas corrían peligro. No dude, tome la escopeta oxidada, la abrí, le coloque los cartuchos y cuando hizo su pasada casi tocando nuestras cabezas le dispare a su cuerpo hecho de troncos. Se escuchó un quejido como de fiera herida, dio una voltereta en el aire y cayó estrepitosamente por donde había salido. Tuvimos sentimientos encontrados de pena y tranquilidad. Dejamos tirada la escopeta que habíamos tenido que usar sin convencimiento. Empezamos a recorrer el camino de regreso. Una bandada de palomas se detuvo delante nuestro a comer semillas, luego escuchamos un continuo e incesante aletear sobre nuestras cabezas. Parecían ser todas y cada una de las aves con las que me había criado durante mi infancia. Oscureciendo la tarde nos acompañaron hasta que cruzamos la tranquera, subimos al Citroën y emprendimos el viaje de regreso.

6 Respuestas a “MISTERIO EN EL MONTE – Por Roberto Rule”

  1. Con qué oficio se combinan la descripción explícita con el simbolismo y la deriva temporal, para generar la atmósfera de tensión que se anuncia desde el título del relato… Gracias al autor por implicarnos tan hábilmente en esta aventura.

  2. Una manera impensada de convertirse de alguna manera en heroe , intencion no buscada ,por ayudar a los compañeros de la vida , a recuperar su habitat. Tambien destila nostalgia. Muy bueno…me traslado al lugar desde el principio.Saludos

  3. Sentí miedo, intriga, curiosidad, tensión, pena y, al final, calma. Qué increíble que la escritura pueda hacernos pasar por tantos estados emocionales en pocos minutos. Vivi ese monte, esos bosquecillos, imaginé los pastos el cielo y los pájaros atrapados.

  4. Que relato!!!sintiéndome y ubicándome en el lugar como vecina durante 16 años y haber caminado con tus tíos , abuelos, primos, utds, y nosotras mi hermana y yo, si realmente nostalgia !!! Fuimos muchos vecinos y muy unidos, esas cosas que realmente marcaron mi infancia

    Gracias Roberto!!!

    Y si eran los árboles mas añosos de la vecindad de “La Parva”
    Un gran cariño
    Gladis

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