UN BOLICHE DE PELÍCULA: BOLICHE DE SANTA ISABEL. Por Lis Solé

El recuerdo de un boliche que fue más que una construcción en una esquina de campo. Sus orígenes como posta de carreras, pulpería y después almacén de ramos generales se extiende desde 1849 a 1987, fecha de su demolición. Un boliche al que supo ir hasta el mismo Juan Moreira… Sin dudas, un boliche de película.

Solo se olvida aquello que no se recuerda. Lo leí alguna vez y es muy cierto.
El boliche de “Santa Isabel” ubicado en el Cuartel 6° de General Alvear, fue el centro social de muchas generaciones que sintieron que con su demolición terminaba su historia.
El boliche -primero pulpería, esquina y después almacén de Ramos Generales-, conocido en nuestro entorno por boliche, era el único lugar que podía vincular a personas que estaban separadas de otros centros urbanos por muchas leguas. Ahí no solamente se iban a comprar cosas, era mucho más.
En medio de cañadones, encerrado entre los arroyos Vallimanca y de las Flores, Santa Isabel se convirtió en casi un pueblo con Escuela, Destacamento Policial, espacio donado para una Capilla y sala de primeros auxilios, con una Delegación Municipal, con Estafeta Postal…una comunidad que pensaba crecer con la llegada del ferrocarril o después, con la llegada de la ruta 205 asfaltada, esperanzas que nunca se cristalizaron.

DE LA PULPERÍA AL ALMACÉN
Es cierto que se olvida aquello que no se recuerda porque además, la vida es finita y si la historia no está documentada, se pierde en la memoria de las generaciones.
El boliche se inició como pulpería, de aquellos pequeños ranchos perdidos en la pampa refugio de los gauchos. Ubicado estratégicamente en un cruce de caminos o “esquina”, se encontraba en un alto albardón desde donde se iba a Tapalqué, a Bolívar o a Hale.
Sin dudas un lugar histórico de más de 170 años, -según la placa que guardaba su sótano-, quizás posta anterior a la creación del pueblo, cruce de caminos que venían desde Tapalqué y sur de Alvear, al frente de la antiquísima Ruta del Indio, la “vieja 205”, ruta que nunca fue asfaltada y que bajaba de norte a sur paralela al Vallimanca conectando “al Saladillo con San Carlos”.


El último bolichero, Tomasito Serra, recuerda las historias de los más antiguos del lugar y el zanjón que rodeaba el boliche para defensa contra los indios y el encierre del ganado.
Cuando se imagina una pulpería, es necesario encontrar testimonios de las personas que vivieron en ese tiempo para evitar caer en errores o falsos juicios. Alfred Ébelot era un ingeniero francés que fue contratado en 1875 por el Gobierno de Adolfo Alsina, integrante de su avanzada hacia el oeste de la provincia de Buenos Aires. Cuando volvió a su país, escribió sus vivencias acompañando al Ejército y relata con gran detalle las postas, los viajes en diligencia, las costumbres como el tomar mate o los juegos de los paisanos, recuerdos en primera persona que nos remontan a la época de fundación de los pueblos al sur del Salado.

LOS PROPIETARIOS DE LA TIERRA
Saber quién llegó primero al paraje es muy difícil porque esta zona era considerada fuera de la línea de frontera, tierras “sin dueño”, muy peligrosas y arrendadas por audaces al Estado, criadores de ganado que se aventuraban junto con sus vacas y caballos. A partir de 1865, los arrendatarios pudieron acceder a la compra de esos campos y es cuando aparecen los documentos a nombre de Sinnott, Sollano, González y Del Cerro entre otros, que son los primeros propietarios legales.
Eran épocas donde el tren recién llegaba hasta Lobos y después a Saladillo; así que a partir de esas estaciones se viajaba en galera o en diligencia, y los productos se trasladaban en las grandes chatas con ruedas de tres metros de alto, altura necesaria para poder pasar lagunas y arroyos sin que se mojara la mercadería.
Chatas, galeras y tropas que pasaban por “Santa Isabel”, parando en el comercio, buscando y siguiendo las señales de Coquet distribuidas a lo largo de cientos de kilómetros de caminos reales. En la posta, pulpería o esquina de campo, el viajero hacía un descanso en un despacho largo, con poca luz y techos de paja, lugares que ofrecían “todo cuanto necesita el gaucho” que figura en planos de 1894 como “Comercio de Santa Isabel”.

CUESTIONES DE LÍMITES
En medio de los fríos límites geodésicos marcados por los agrimensores, estaba el boliche como centro comunitario de una numerosa cantidad de familias que afirmaron su sentido de pertenencia al paraje de “Santa Isabel”, sin atender a las disputas entre los tres partidos que integraban el paraje: Bolívar, Tapalqué y General Alvear, y que confluían en la esquina de “Santa Isabel”.
Hay una curiosa disputa entre Bolívar y General Alvear en el año 1882 que provocó intervenciones policiales y discusiones entre los Jueces de Paz del momento.
Hay que recordar que esta zona había dependido de General Alvear (creado en 1869) ya que Bolívar aún no había sido fundado y la jurisdicción de los partidos limítrofes con la frontera se ejercía hasta las últimas poblaciones internadas en el llamado desierto. En 1878, al fundarse Bolívar, sus autoridades chocaron inmediatamente con las de Alvear. La ley de creación del partido de General Alvear del 22 de julio de 1869, especificaba de una manera contradictoria sus límites por el Suroeste.
En agosto de 1882, el Poder Ejecutivo envió a la Legislatura un proyecto de límites que lleva las firmas del gobernador Dardo Rocha y del Ministro de Gobierno Carlos D´Amico.
En ese proyecto se expresaba que cuando se creó el partido de General Alvear, el límite noroeste eran las propiedades de Emilio Carranza, Rosario Acosta y Teodoro Atucha, personas que cuando se crea Bolívar, ya no eran los propietarios.
Las autoridades bolivarenses -entre las que prevalecían las opiniones de sus Jueces de Paz, Ayerza primero y Duval más tarde-, sostenían que la zona pertenecía a Bolívar por la distancia.
En ese entonces, 1882, la distancia era un factor importantísimo, dada la dificultad y lentitud de las comunicaciones y los vecinos, por una u otra causa, siempre concurrían a San Carlos (Bolívar), pueblo con el cual se estrechaba la relación en razón de la vecindad y no venían hasta Alvear.
Los límites señalados para Bolívar eran mucho más pequeños que los actuales y para ellos, era urgente aumentar las fuentes de recursos a la nueva comuna y nada más justo para ellos, que lo fuera la zona en disputa, la más rica y poblada de las cercanías.
Además, el arroyo Vallimanca constituía una frontera natural entre ambos partidos y lo que “futuras dificultades”.
El litigio se prolongó por espacio de dos años intercambiándose violentas notas entre uno y otro juzgado, y produciéndose pintorescas situaciones de fuerza con intervención de los Jueces de Paz, policías y comisarios quedando finalmente la zona sur del Vallimanca para Bolívar.

LOS BOLICHEROS DEL RECUERDO
Los testimonios orales se completan con la investigación bibliográfica. Una búsqueda de datos que llegó hasta hace más de 150 años cuando el boliche de “Santa Isabel.
Los relatos de vida llegan hasta el principio de siglo con la palabra de los nietos que recuerdan historias familiares y los cuentos de los padres y abuelos llegan hasta nosotros con noticias de antes del 1900.
No es tan simple. Con más de cien años lo que es, no fue.
Entonces, el herrero ya no era Perciante, era Gelabert; la estancia “San José” de Lescano era la estancia “San José” de Cosme Sollano; el “boliche de Serra” era el “boliche de Perruelo…”. “Los campos de Arce” pasaron a don Pepe Lescano…
Siempre lamentando la pérdida de los libros del almacén que estuvieron hasta bien entrados los 70, los testimonios se remontan al veinticinqueño Villanueva que estuvo en el boliche con seguridad hasta el año 1914.
Los apellidos más recordados: los Perruelo (estuvieron desde el 1900 en el paraje) y los Serra, los últimos bolicheros… siempre con el vacío documental de antes de 1890, pero con historias de peleas de gauchos que refieren a Juan Moreira, épocas de “visteos” con facones y desafíos que habían quedado marcados en las antiguas rejas de la pulpería que recibía los arreos, a las diligencias y galeras, a las grandes chatas que llevaban mercadería, a los correos y pasajeros que hacían “la carrera” desde y hacia 25 de Mayo, Nueve de Julio, General Alvear o Bolívar.

UN BOLICHE DE PELÍCULA
El boliche de “Santa Isabel” era una construcción sencilla, larga, a dos aguas, con varias puertas y ventanas al frente y atrás con una galería.
Como las pulperías de Molina Campos y de tantos pintores costumbristas que documentaron la historia antes de la llegada de la fotografía, la pulpería tenía techo de paja, exactamente un techo quinchado que fue reemplazado en el 1900 por un perfecto techo de chapas construido por el Vasco Arbizu, don Pedro, criador y carpintero que también reconstruyó gran parte de las estanterías y cajones con tapa, mobiliario característico de los almacenes de ramos generales, lugares donde se guardaba la mercadería suelta. En esos espacios, fideos, azúcar, harina, yerba, se vendían al peso, envueltos en papeles de estraza y pesados en balanzas de dos platos con balancines de bronce.
Como toda pulpería, o boliche, en la esquina al fondo del mostrador tenía la pileta con una bomba de agua, artefacto sumamente necesario para proceder al lavado de los vasos usados por los clientes, esos vasos pesados, puro vidrio, donde el contenido era mínimo comparado con el tamaño, vasos a los que la picardía criolla enseguida los bautizó como “vasos robadores” porque pesaban mucho pero no cargaban nada con el consiguiente beneficio para el pulpero.
Abajo del despacho se encontraba el infaltable sótano, lugar de resguardo para los malones y que al pasar el peligro se convirtieron en depósitos donde se guardaba y fraccionaba el vino, así como todo tipo de materiales que necesitaban refrigeración.
Después de las dos puertas del despacho, y unidas por dentro tal cual la forma de construcción en chorizo de la época, se encontraba “el escritorio” con su pesada caja fuerte, el escritorio propiamente dicho con sillón giratorio y esos mesas altas donde se apoyaban unos libros enormes con las entradas y salidas diarias, las ventas, los trueques por los frutos del país y demás operaciones comerciales de las que fueron centro los almacenes de ramos generales de antaño que como decía el bolichero, ofrecían “todo lo necesario para el hombre de campo”.

LOS CAÑADONES DE SANTA ISABEL
Ubicado en el medio de una plazoleta, el camino que venía de General Alvear se abría para dejar al boliche en el centro, con el frente hacia Alvear donde estaban los palenques, para después desviarse hacia Tapalqué por el paraje “la Brava” o hacia Bolívar después de cruzar el Vallimanca, o hacia Hale, pueblo con el que siempre tuvieron mucha conexión y contactos.
Durante años, el boliche fue el centro de una población que crecía con Escuela, Estafeta Postal, Destacamento Policial, proyectos de construcción de un centro sanitario y capilla, el Club Juventud Unida… Todo el paraje esperaba que pronto se asfaltara la vieja Ruta 205, el camino del Indio, pero las esperanzas se truncaron cuando la ruta fue desviada dejando al boliche a 15 kilómetros del asfalto.
En el año 1972, el último bolichero, don Tomasito Serra, cierra el boliche en forma definitiva.
Las constantes inundaciones hicieron el resto y las del 80, fueron el final para muchos. El agua obligó a los vecinos a dejar sus casas y refugiarse en los lugares más altos donde debieron permanecer durante cuatro o cinco meses, con la asistencia de vecinos o amigos, Guillermo Sinnot y su avioneta fumigadora que traía medicamentos y provisiones…
Las calles muy arenosas que rodeaban el boliche, fueron barridas por el agua quedando canales con pozos hondos que “tapaban un caballo”. El agua continuaba como una laguna enorme hasta el Destacamento y la Escuela que quedaban a unos 800 metros. Como consecuencia de la falta de puentes en la nueva ruta -y con más agua en el centro norte del partido-, el agua quedó encajonada y la inundación cubrió todo el paraje de “Santa Isabel” produciendo desgracias y pérdidas económicas irreversibles.
El boliche siguió cerrado por quince años hasta que los dueños, finalmente, decidieron demolerlo.
Lo que parecía imposible, pasó. Demolición.
La construcción no está más. Pero los recuerdos valen mucho más que una construcción de adobe, de madera, de paja, de chapas; los testimonios veraces y precisos ilustran una época que fue trascendental en la historia de Alvear y Bolívar, pueblo al que emigró gran parte de su población.

LO QUE LA LEJANÍA LOGRÓ SUPERAR
El tiempo pasa y por supuesto, todo cambia y tal como decía Borges, cada cosa tiene su historia. Hay nombres repetidos por años y otros, no mencionados u olvidados, personas estrellas que no lo son tanto e imprescindibles que se mimetizaron en la lejanía de “Santa Isabel”.
La historia no se reduce a un edificio: lo más importante es la gente y lo que sucedió allí por más de cien años, esa gente que ahora está en las ciudades y o que siguen en el campo apostando a vivir en la tierra que los vio nacer.
Hay algo que es importante destacar: más que fechas y números precisos, el boliche fue el centro donde se evidenciaba el sentido de pertenencia de los paisanos de “Santa Isabel”; un boliche con olor a campo, con aroma de la tierra recién mojada por la lluvia, con el balido del ternero perdido y el mugir de las vacas, el temor a las inundaciones constantes, el trabajo y el sudor de las familias, los bailes y las risas de los chicos y el jolgorio de los clientes.
Lo que parece imposible en las ciudades, la lejanía logró superar.
Boliche de “Santa Isabel”. Sin dudas, un boliche de película.

Nota: Están a la venta seis revistas coleccionables con la historia del boliche de Santa Isabel y su gente. Para suscribirse, contactarse con la autora por whatsapp al 2345418778; por Facebook, Lis Solé o al mail: lissole@hotmail.com .
Foto: Interior del boliche en épocas de los Serra.
De izquierda a derecha, arriba: Enrique Moro, hijo de Don Antonio Moro, chacarero de la zona entre Santa Isabel y La Protegida. Tomás A. Serra, hijo de Martín Serra de la zona de Hale, quién alquilaba dicho predio.
Abajo: Juan Talier, vecino que compró una fracción de campo en la zona y Juan Frontini. Aníbal Espinoza con su hijo en brazos, esposo de Dora Salinardi, maestra de la escuela Santa Isabel; Horacio “Nicho” Perciante, capataz de la estancia “San José” y Antonio Pironio, vecino del lugar. Circa 1965. Foto gentileza Tomás Serra.

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