Mundos íntimos. Me sentí devastada al saber que mi marido tenía otra mujer. Pero ahora estoy feliz de ser la dueña de mi vida

¿Qué pasa después del engaño?

Estupor. Él había creado un mundo paralelo durante tres años. Cuando la autora se enteró, le agradeció a la amante habérselo dicho: Me salvaste: es mejor la verdad, aunque duela, que mil mentiras.

Necesitaba empezar el 2020 de otro modo, así que alquilé un departamento en Gesell durante todo enero y me fui a disfrutar de las olas con nuestro hijo. Mi marido vendría los fines de semana. Lo tomé como un retiro espiritual. Necesitaba ver cómo me sentía alejada de todo. Él había cambiado mucho, tenía actitudes egoístas, muy inmaduras y me lastimaba. Ya casi no podía reconocerlo. Hablaba una y otra vez para que nada cambie. Él no se quería separar, decía que nuestro amor valía la pena: “Vamos a salir adelante como siempre hicimos en estos 14 años, juntos en las buenas y en las malas, perdoname soy un boludo”. Tenía la ilusión de que él volviera a ser quien había sido y por eso lo esperaba. Habíamos tenido un amor romántico ese que todo lo puede y soporta porque el amor es más fuerte. ¿Cuántas cosas aguanté en nombre del amor?

Me pidió que extendiéramos unos días las vacaciones para disfrutar en familia, lejos de los problemas. Lo tomé como una señal de que había recapacitado al fin, así que nos quedamos. El 4 de febrero ya estábamos trabajando en Capital Federal, lejos del mar y de las promesas. Era tarde, él estaba demorando más de la habitual en volver a casa. Sonó mi teléfono y su voz me adelantó el desastre: “No te asustes estoy bien, tuve un accidente, una mujer cruzó mal y ni siquiera pude frenar”, “Decime la verdad ¿estás bien, otra vez con la moto?”.

Habíamos pasado por lo mismo hacia un año, otra mujer se bajó mal de un taxi golpeándolo con la puerta y se rompió la mano. Estaba cansada de estar en los hospitales. Sabía qué debía hacer: pedir ayuda para que alguien cuidara a nuestro hijo mientras corría a verlo, para asistirlo y llenar papeles. La paciencia y el amor. Cuando lo vi en la camilla me contó que había estado tirado en el asfalto un largo rato, sentí un profundo dolor ¿Por qué le pasaban estas cosas, por qué no podíamos tener un segundo de paz?

Feliz. Así se sentía Analía Cobas cuando inició su relación. Años después, todo cambió.

Miré las placas y le di la mala noticia: “Está rota la clavícula”. Me pidió que no nos adelantáramos. Él siempre fue negador pero la imagen era nítida, la clavícula estaba rota en tres pedazos. Rota y desplazada. A las pocas horas nos confirmaban el diagnóstico, debían ponerle una placa de titanio. Lo besé y corrí a ocuparme de la parte burocrática para conseguir que lo operaran con urgencia. Cuanto antes pasara la operación, antes saldríamos de esto.

Libertad. Él tuvo actitudes raras pero si ella proponía separarse, Analía no lo aceptaba.

Libertad. Él tuvo actitudes raras pero si ella proponía separarse, Analía no lo aceptaba.

El 6 de febrero del 2020 mi marido entró a quirófano. Estaba muy asustado. Lo abracé. Cuando salió de la operación le dijo a los camilleros sonriendo: “Esa es mi mujer” y cuando me besó supe que algo no estaba bien. No era él. Nos quedamos en la habitación esperando el alta para poder ir en busca de nuestro hijo. Algo le pasaba, estaba muy raro, pendiente del teléfono. Me dijo que no me preocupara que seguro era el efecto de la anestesia. De repente, la puerta se abrió y vi entrar a una mujer que parecía médica, pensé que venía a darnos el alta pero me saludó por mi nombre. No entendía quién era. Efectivamente era una doctora pero no pertenecía al staff de la clínica, era una gastroenteróloga pediátrica, casualmente la patología que aquejaba a nuestro hijo desde hacía tres años. Se presentó y me notificó que era la novia de mi marido. Lo miré a los ojos desesperada buscando respuestas pero estaban vacíos. Esperaba que me dijera que no la conocía pero su rostro me confirmó lo que ella gritaba ¿Se puede dejar de amar a alguien en un instante? Me sentí devastada. Mis oídos zumbaban, mis brazos pesaban toneladas y la habitación empezó a tener otras dimensiones. Él balbuceaba palabras que no podía entender. “Perdoname”. ¿Quién era ese hombre? ¿Con quién dormía? ¿Con quién había formado una familia?

Él había fingido minuciosamente para mí, era un gran actor, digno de un Premio ACE Revelación pero la diferencia entre la ficción y la vida real es que abajo del escenario el dolor duele y no termina en la escena siguiente o con el aplauso del público sino que es tu vida la que se impacta contra un muro. Me dije, esto es real, está sucediendo: “¿Qué iba a contarle a nuestro hijo?” Todo mi mundo se derrumbaba, nuestra familia caía por un precipicio y no tuve la oportunidad de hacer nada. Sentí mi corazón romperse en mil pedazos, el dolor agudo en el alma atravesada por un rayo.

Ella se puso a llorar, de rodillas me pedía perdón por acostarse con mi marido por tres años. Él me miraba en silencio, le habían arrancado la máscara, la madre de su hijo, “la mujer de su vida”, había visto quien era en realidad. Ahora sabía que mantenía dos vidas y ambas estábamos en la misma habitación. Ella me mostró su celular dónde tenía una carpeta con las fotos más destacadas de su relación clandestina.

Los viajes de trabajo habían sido con ella. Las salidas de pesca con amigos fueron con ella. Los domingos de estudio no habían existido. Las fotos de las jornadas nocturnas en la oficina habían sido un montaje, se había tomado el trabajo de sacárselas para que yo no sospechara: “Mi amor ya llegué, hasta mañana”, para luego irse con ella, el turno noche nunca había estado en su contrato. Su depresión había sido una excusa para justificar sus actitudes. Cada una de esas fotos ratificaba la soledad con la que había criado a nuestro hijo durante cuatro años. Realidad que acepté con pena creyendo en sus promesas de que maduraría. Ese día me enteré que mensualmente pagábamos un alquiler para su segunda vida porque hacía dos años ella le había pedido que eligiera entre ella y yo. Él alquiló un departamento en Devoto como símbolo de que la había elegido. Se creyó la ganadora de un premio pero eso nunca termina bien.

¿Se puede amar tanto a alguien como para conformarse con migajas? Él le contó que iba a ser operado pero le pidió que no se vieran por unos días porque estaba con su familia y no quería que la conocieran. Como médica se metió en la base de datos de la obra social y obtuvo la dirección dónde sería intervenido el paciente y decidió ir a terminar con la farsa: “Analía, siempre supe que nos amaba a las dos”. Me pareció tan absurda su reflexión: “Él no sabe lo que es amar pero yo si lo amé, con toda mi alma”.

Ella se puso violenta: “Putealo, pegale”, me decía. Nadie sabe cómo puede reaccionar una persona en una situación extrema “¿Qué querés que haga?, es el padre de mi hijo no le voy a pegar”. Entonces le quiso pegar ella, le tiró una taza de té en la cara y con el griterío llegó personal de seguridad de la clínica. Era todo una locura. Me parecía estar en el set de una película bizarra porque nada de eso tenía algo que ver con mi vida o con mi manera de vivir: “¿Qué hago acá?” La miré y le di las gracias: “Me acabas de salvar la vida”.

El 6 de enero había cumplido 36 años y un mes después, sin saberlo, estaba naciendo de nuevo. Era mejor una verdad que duela a mil mentiras que te maten de a poco. A pesar de estar destrozada, respiré, pude sentir el aire entrando en mis pulmones, estaba viva. Todas mis preguntas ahora tenían una respuesta. Sólo pensaba en mi hijo, quería estar en casa con él, abrazarlo, decirle que íbamos a estar bien ¿Qué clase de persona le hace eso a la madre de su hijo? ¿Cómo alguien puede cambiar tanto? Durante 10 años mostró ser alguien íntegro, noble, amoroso pero no me había mentido sólo a mí, nos había mentido a todos aunque primero se había mentido a él.

Ese día pensé que me iba a morir de dolor porque la decepción era proporcional al amor que había sentido por él. Me fui llorando a la casa de mi hermana. Pensaba en todo lo que había perdido, hacía bastante me preguntaba qué estaba haciendo con mi vida ¿Y ahora qué?

Las primeras horas, días, meses fueron años. No recuerdo todo lo que pasó, tampoco cómo llegaron ese día mis padres y mis amigas a mi casa. Había un círculo de mujeres sosteniéndome. Llorando le hicimos los bolsos al amor de mi vida. Tenía un profundo miedo a no poder con todo esto. Debía mantenerme lúcida. Ese día salté al vacío, no sabía hacia dónde iba pero estaba tomando la decisión correcta. No podía flaquear, mi hijo me estaba mirando y me necesitaba.

A los pocos días, cambié la cerradura de nuestra casa, verme en ese acto fue doloroso e inesperado. Él ya no volvería a entrar a ese hogar que habíamos hecho con amor. Nunca había sentido un dolor tan grande. La traición, el abandono, el maltrato, la decepción, la frustración, el silencio, la falta de respeto, la falta de conciencia, la falta de amor. Una persona en mi situación puede tomar decisiones irreversibles, la mía lo fue, decidí seguir conectada a la vida y ponerme de pie. La salida para lo que estaba viviendo estaba dentro mío, no era el tarot, ni la lectura de la borra de café, debía atravesar el dolor de la mejor manera, a mi manera, y elegí la paz. Ahí estaba el hermoso mundo que había creado a lo largo de mi vida, tenía que abrazarlo.

A dos semanas de que mi familia volara por los aires, me fui a Los Reyunos en Mendoza a certificarme como buzo con mi hijo y una amiga. El aire de montaña nos haría bien. Los mil kilómetros en camioneta fueron duros, estaba completamente quebrada. Por momentos sentía que no podía respirar porque la mentira corroe hasta los metales más fuertes. Entraba en un túnel oscuro de recuerdos dolorosos, la locura de no entender por qué él había hecho esto. Fui con la idea de intentarlo. Hice varias inmersiones y sin darme cuenta estaba a más de 12 metros de profundidad haciendo todas las habilidades requeridas para ser un buzo certificado. Lo había logrado, estaba orgullosa. Ahí, en medio de la inmensa profundidad, sentí el silencio y la paz, el universo me sostenía.

Como si fuera poco, en marzo, apareció el COVID 19. Me parecía una broma de mal gusto. El día que declaraban el aislamiento social obligatorio me miré al espejo y me dije: “Ahora no te queda otra, estás sola, tenes que estar bien”. Todos los lazos de amor que tenía pasaban a ser digitales. Estaba atravesando muchos duelos a la vez, así que abracé a mi hijo y le prometí que íbamos a estar bien: “Mami te cuida”. Cuando acepté que estaba triste, cuando me reconocí como rota y mutilada, empecé a limpiarme las heridas. Un día a la vez, me dije.

Hacía un año escribía un libro, aun en mis peores momentos no lo abandoné. Comencé a participar de certámenes internacionales de literatura. En junio, gané una beca de estudio para un taller online de creación literaria de Estados Unidos: “City University of New York”. Como cierre del curso estrené mi primer obra de teatro como dramaturga y directora por Zoom. Luego hubo una segunda función para Venezuela, el público me regaló su aplauso y su interés, eso me motivó a escribir tres obras más.

Yo tenía una certeza: mi familia era el tesoro más valioso de mi vida. Yo tenía una familia, ahora tengo otra, distinta, más sana. Volví a reírme, a respirar en paz, a poder disfrutar de mi hijo sin malestares. Esta vida era más justa. Ahora, nuestro hijo no tomaba más remedios y tenía un padre disponible para él ¿Qué harías si tu vida cambia en un segundo? Mantenerme de pie, respirar porque todo pasa. Rodearme de amor, pedir ayuda, transitar las cosas en paz y con el espíritu alto. Me aferré al arte, mi pasión y mi refugio. Extirpé de mi diccionario la palabra siempre y nunca. De alguna manera, me separé de mi marido y pude también separarme de la mirada de mi padre y dejar de pedir permiso para ser quien quiero ser. Ya no tengo miedo. Ahora soy la protagonista de mi vida.
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Analía Cobas nació en la Ciudad de Buenos Aires en 1984. Es Licenciada en Ciencias de la Comunicación con orientación en Opinión Pública y Publicidad, egresada de la Universidad de Buenos Aires. Fue Publicista en Ogilvy y Productora de Radio. Actualmente es Jefa de Prensa en “Más Prensa”, espacio que fundó hace 11 años con Cecilia Dellatorre como especialistas en gestión cultural. Estudió Organización de Eventos. Está terminando de escribir su primer libro de relatos, crónicas y cuentos. Está dando también sus primeros pasos como directora y dramaturga. Además es cantante lírica y actriz de doblaje. Y fotógrafa, alfarera, ciclista, buzo, conductora náutica y madre.
​En IG: @analiacobas

Gentileza: Clarín.com