Hilando sueños. Por Lis Solé

René preparaba el vellón, y se sentaba tranquila al reparo; tomaba los bollitos
de lana cruda y rústica y los empezaba a estirar con los dedos muy
suavemente, como acariciándolos, hasta que el bollito suave se convertía en
un hilo largo y desparejo lleno de pelusas que la “máquina” iba transformando
en ovillo.
René Miranda hilaba lana como muchas mujeres del campo cuando madres e
hijas aprendían el oficio como único medio para conseguir ropa de abrigo y
además, como una forma de acceder a un trabajo que contribuía a la economía
familiar.
René era hiladora, esposa de Claudio Pascual, y al igual que otras hiladoras de
pueblo lo hacía desde chiquita con su mamá.
Según la tradición familiar, se hilaba de diferentes modos ya que había quienes
hilaban con huso y otros con máquina.

EL HILADO CON MÁQUINA
René nunca hiló con huso, sino que lo hacía con máquinas adaptadas por su
esposo o por su hijo Milo Pascual y siempre con lana de oveja. Milo recuerda
que una vez le trajeron lana de llama para hilar pero la textura era diferente y al
cortarse más, el hilado era más difícil. Usaba la lana sucia, tal cual salía del
vellón porque aseguraba que la misma grasitud hacía que el hilo fuera más
fuerte y no se cortara, claro que eso originaba sucesivos y tediosos lavados de
las pesadas madejas de lana, en tiempos donde por supuesto, nadie tenía
secadoras centrífugas.
Una vez le llevaron un vellón lavado para facilitarle la tarea pero la lana se
“había apelmazado” por lo que no aceptó más lana lavada porque le daba
mucho trabajo desenredarla, extenderla y hacer que la máquina la envolviera.

Sin embargo, muchos lavan la lana antes de hilar. Es la tarea más ingente, más
difícil, lavar bien el vellón y luego, prepararlo con el proceso que se conoce
como cardar, o sea, deshilar la lana que queda apelmazada después del
lavado para proceder a su hilado. Sin embargo, esta actividad no se hacía en
Alvear, ya que en general se hilaba con la lana sucia. Cardar es complicado y
muchas veces engorroso pero gratificante ya que la lana queda sedosa, limpia
y brillante.
¡Quién no tuvo un pulóver de lana hilada! Claro u oscuro, con rayas, mitad del
pecho claro y el otro oscuro, con guardas aprovechando las distintas ovejas.
Los vellones eran de “lana larga” o vellones “de lana corta”, nombre que no se
referían a ovejas esquiladas o no, sino a las características propias de la raza
ovina.

SABER ELEGIR LA LANA
En realidad, la “lana linda” muchas veces provenía de las ovejas Romney, más
escasas y con lana más fina, pero la oveja Lincoln fue siempre la más común
en los campos de Alvear. En la esquila hay “lana entera” y “media lana” y esta
última, no se puede hilar. Las razas que tienen mechas más largas son las
Lincoln y las Romney que no son las de mejor finura y no se pueden comparar
con la Merino, pero son muy buenas para el hilado artesanal pesado y rústico
característico de la región.
Las hiladoras ya tenían sus “proveedores preferidos” a los que compraban los
vellones a ciegas porque ellos ponían especial cuidado en sacar la lana que
proveía de la barriga que llegaba mucho más sucia, con espinas y abrojos que
lastimaban los dedos y que eran difíciles de separar.
Marta Ester Luisi de Almeida cuenta que ella compraba vellones a un señor de
Tapalqué a bolsa cerrada, sin revisar, porque ya sabía que él escardaba la lana
tal cual ella la prefería, separando la lana buena de la sucia, sin los palos o
cardos que frustraban la paciencia hasta del más avezado. Marta recuerda
como si fuera hoy a su mamá caminando por el monte “hilando lana y sueños”,
alegrías, pero también llorando las decepciones y los malos trances. Cuenta

que cuando la mamá se acostaba a dormir la siesta, ella y sus hermanas
tomaban el huso e hilaban…mal, así que había que “empezar a ovillar de
vuelta pero así aprendíamos”.

HILANDO SUENOS CON EL HUSO
Ellas no hilaban con la máquina sino que usaban “el huso”, por eso podían
deambular mientras hilaban. El huso es un palo de escoba con un palito donde
se enganchaba la lana que tiene un extremo aguzado y que abajo, lleva una
pieza de madera redonda de contrapeso o tope que al girar, enrolla la lana.
El proceso requiere de mucha pericia: hay que hacer girar el huso hasta
conseguir el hilo grueso y retorcido que se precise pero no tan retorcido ni tan
grueso. Realmente, no es fácil y se necesita práctica para que el huso no se
caiga repetidas veces al suelo con fuerte ruido. Pero con “tesón y paciencia”
todo se logra.
Esos husos pueden ser comprados pero la mayoría de las hiladoras tienen el
propio, construido en casa y seleccionado después de varios intentos hasta
que el huso tiene el peso y tamaño adecuado para su dueña y de acuerdo al
grosor de la lana que se quiere obtener.
Así como Marta hilaba con huso, otras hilanderas nunca lo hicieron sino que
usaban “la máquina de hilar”, que no era más que una máquina de coser
adaptada según las necesidades. Tal es el caso de René Miranda o de Isolina
Restagno que siempre hilaron con máquina, generalmente una “máquinas
caseras” adaptadas por los hombres de la familia.

UN TRABAJO FAMILIAR
Isolina recuerda que de siempre se hilaba en su casa, ya que su mamá y todas
sus hermanas lo hacían. Con esa lana hilada se tejía de todo; por supuesto
pulóveres y chalecos para hombres, mujeres y chicos, pero también
cubrecamas, almohadones, pantalones y medias para “pasar el invierno” ya

que calefacción había poca, la lana sintética no existía y menos plata para
comprarla.
Los más chiquitos generalmente empezaban a hilar las hebras gruesas,
rústicas y retorcidas que se usaban para tejer las matras usadas en los recados
de los caballos. La verdad, que hilar no se sentía “como un hobby” sino como
una necesidad para pasar abrigados los días fríos y además, como una forma
más para cubrir las cuentas, para pagar el mercado y hacer “algunas cositas
extras en la casa” y que no se podían hacer con el único sueldo del marido,
pasando interminables horas con el huso o la máquina, embolsando kilos y
kilos de lana que a veces, hasta se animaban a teñirla de colores.
Desde ya que llevaba muchas horas y no sólo era hilar: las mujeres esquilaban,
cardaban la lana separando lo bueno de lo sucio, hilaban, hacían el ovillo,
desovillaban para envolver la lana en una silla para después lavarla y llevarlas
chorreando agua hasta el cordel…
¿Qué diga el buen varón que no ha estado con las manos como rezando
mientras su madre pasaba la lana sobre sus manitos? ¿Quién no recuerda
pasar la lana sobre el respaldo de una silla para hacer esas hermosas, largas e
inmanejables madejas para llevarlas nuevamente a la batea de madera y
lavarlas y colgarlas una y otra vez en largas filas sobre el alambrado hasta que
quedaran suaves y sin grasitud?
El oficio del hilado fue generalmente de las mujeres del campo, que después se
pasó al pueblo adaptando diferentes máquinas para acelerar el hilado y llenar
grandes bolsas de lana de colores ya no del color natural de la oveja, sino
usando también tinturas y suavizantes que mejoraban la calidad y presentación
de la lana.

NO ERA UN HOBBY, ERA “UN PESITO MÁS EN CASA”
El tiempo pasó y la gran oferta de lanas sintéticas de bajo precio hizo que
disminuyera la demanda de lana hilada y que el trabajo de la hilandera fuera
abandonado.

Sin embargo, en las grandes exposiciones se ven lanas hiladas de gran calidad
y no hay más orgullo para el paisano que un buen chaleco de lana hilada de
dos colores tejida por alguien de la familia.
Hilado de lana. Economía regional que se ha perdido en General Alvear y en
muchos pueblos a pesar de la demanda quizás por inexistencia de organismos
que se encarguen de la distribución de los productos regionales para que sea
redituable el trabajo de la hilandera. Pies de cama, bufandas, chales, boinas o
almohadones tejidos con lana natural, están revalorizados en el mercado por la
tendencia del uso de productos sin agregados sintéticos.
En muchas localidades, se están dando talleres donde padres y alumnos
aprenden el oficio, formando nuevas tejedoras con el objetivo de renovar las
economías locales y volver a llevar “un pesito más a casa”. En los talleres se
intercambian conocimientos, se combina tejidos en telar con dos agujas, se
tiñen los hilos, se usa el macramé o crochet y se modifican los atuendos
tradicionales dándoles diseños pintorescos adaptados a los requerimientos
actuales.

HILAR LA VIDA EN CADA HEBRA
Cierto. ¡Cuántas historias hiladas en lana, sentimientos, alegrías y
frustraciones, páginas y páginas de vida en un relato particular y único de las
manos de cada hilandera y tejedora!
Cada lana, cada vellón o nudo cuentan un sinfín de pequeños actos cotidianos
que caracterizan las vidas. El olor de la lana sucia o mojada, las corridas al
cordel cuando llega la lluvia, las veces de pasar y pasar la lana una y otra vez;
esquilar, cardar, hilar, lavar, ovillar, lavar y volver a lavar esas madejas que
volverán a ser ovilladas y tejidas una y otra vez, como la vida que se enrolla y
agiorna infinitamente, casi sutilmente, tal como la suavidad de la brizna de un
vellón de lana limpia que vuela con el viento.

Agradezco a Isolina Restagno de Pérez, Marta Ester Luisi Almeira, Elsa Luisi,
Julia Cabral de Sivero, Rodrigo de Lóizaga y a Milo y Ethel Pascual Miranda.

Fotos:

  • René Miranda de Pascual en su casa en el Paraje “La Garita” de
    General Alvear. 1975.
  • Marta Luisi tejiendo con huso, septiembre de 2019.
  • Isolina Restagno de Pérez con sus ovillos de lana hilada. 2019.