Conviviendo Unidos – Por Roberto Rule

Cuando caiga la noche, para que nadie nos vea, saldremos para no
volver. Tomaremos las pocas cosas que nos quedan: una lata para
calentar agua, una parrilla de alambre, leña seca en una bolsa para
encender fuego, unas galletas duras, fósforos. Tomaremos por el
sendero que va al molino, cruzando por la orilla de la laguna. Luego
nos meteremos despacio por entre los juncos sin hacer ruido para no
espantar a los animales. Será una nueva vida tener que luchar todos
los días contra el frío o el calor. Tendremos que hacernos amigos del
viento para cazar y comer, de la lluvia para que no falten pescados,
de la luna para caminar los campos y vigilar la zona donde estemos
parando. Hijo mío, ya esto no se aguanta más, si queremos seguir
viviendo lo único que nos queda es agarrar nuestras cosas y cuando
anochezca empezar a caminar por el sendero que va al molino.
En los años sesenta vivíamos en un campo ubicado en los Cuatro Caminos de General
Alvear, la vida era hermosa y llena de naturaleza.
En mi casa se sembraba trigo, avena, lino, girasol y maíz, se rotaban las siembras. No
se utilizaban fertilizantes ni venenos para combatir malezas. Se araba, disqueaba varias
veces y luego se sembraba. Las casas de los vecinos siempre estaban llenas de gente,
nadie le fumigaba a sus seres queridos, ni le contaminaba el agua, ni el aire. Se
respiraba naturaleza, las flores olían a perfume. Todos los campos tenían colmenas que
vivían sin tener que ser tapadas de los gases venenosos que las matan. Parecía un
paraiso, lleno de vida y de esperanzas. Íbamos al colegio a caballo, le hacíamos la
quinta a la maestra, jugábamos hasta cansarnos, compartíamos la tarea con todos
nuestros compañeritos, la educación que recibíamos era integral, abarcativa, integradora
y nos hacía felices. No veíamos televisión, conocíamos los yuyos y pastos por sus
nombres, el canto de todos los pájaros, sus nidos y sus huevos. A la tarde antes de
anochecer escuchábamos silbar a las perdices coloradas. En otoño esperábamos a las
avutardas que nos anunciaban con sus migraciones que se venía el invierno.
Convivíamos con insectos, pájaros y animales, eran nuestros compañeros de vida.
Ayudábamos a nuestros vecinos en las tareas con los cereales, los domingos ellos
venían o nosotros íbamos a buscar frutas a sus casas. La vida era simple, plena de
armonía, sin mezquindades ni egoísmos. Teníamos lagunas con peces, aves acuáticas,
totoras, juncos, ranas, sapos, escuerzos. Nadie pensaba en hacer un canal y dejar a
alguien sin el valioso recurso del agua que permitía esa maravilla que ahora llaman
ecosistema.
La vida y la economía cambiaron, se podría decir que somos más y necesitamos más
alimentos, eso es cierto, pero lo preocupante es que modificamos nuestra forma de vida,
nuestra convivencia con todas las formas de vida.
Nos podrán decir que los tiempos han cambiado, que las necesidades son otras, pero
hemos comprado necesidades creadas, aumentado en extremo nuestro egoísmo, con
ausencia de empatía. Ese señor amable y atento que siempre pasa por nuestra chacrita
nunca pensó que fumigando hasta el borde de nuestra casa y a cien metros de la
escuela nos estaba matando para satisfacer necesidades que podrían ser obviadas, que
podría sembrar cultivos que no fueran esos malditos yuyos para que luego se lleven sus
productos a lugares remotos sin saber qué necesidades satisfacen. Pareciera que ese
señor tuviera más consideraciones con esas personas que no conoce que con los hijos

de las familias con quienes comparte los domingos las canchas del fútbol agrario. ¿Tan
difícil es darse cuenta que todo el dinero que recaude luego tendrá que ser usado en
medicamentos carísimos que cure sus enfermedades?.
Nuestro vecino tenía un vivero de plantas y tuvo que cerrarlo porque crecían lentas y
escuálidas. Los egoísmos y miserias le cerraron su fuente de recursos. El fumigador
sigue pasando y saludándolo animadamente. Él le responde con el mismo entusiasmo.
Si pudiéramos hablarle para acordar que se puede compartir la vida sin resignar
ingresos. Le diríamos que las verduras, la leche, las frutas se compran en Buenos Aires,
que prácticamente no tenemos producciones de pavos, patos, conejos, ranas,
champiñones y que realizando una cooperativa de alimentos podríamos estar
conviviendo unidos.
Los caminos están faltos de plantaciones donde los pájaros se alimenten y aniden. No
conocemos los árboles autóctonos porque no se enseña en las escuelas a reconocerlos.
Podríamos plantarlos a los costados de las calles, arroyos y canales, dejar zonas junto a
los alambrados para que las habiten los animales silvestres y florezcan pastizales.
Cumpliríamos con la esperanza de tener todos nuestros niños y niñas creciendo con
árboles que lleven sus nombres.
Si pudiéramos realizar algo de todo esto la nostalgia sería un presente de alegrías y la
vida cobraría sentido para quienes vivimos la hermosa época de la juventud.

3 Respuestas a “Conviviendo Unidos – Por Roberto Rule”

  1. Muy buena descripcion de la transformacion que sufrimos sin darnos cuenta , mientra estamos inmersos en la voragine resultadista de estos tiempos. Como habitualmente pasa, uno valora lo que tenia una vez perdido y solo le queda el recuerdo

  2. Lo que una vez fue distopía, hoy es realidad. La nostalgia es verdadera, igual que los deseos que, espero, se cumplan. Excelente relato, tan veridico.

  3. Tan así es nuestro cotidiano rural y urbano rural, que a veces sentimos que nos robaron la esperanza y que poco a poco, nos vamos a ir quedando sin naturaleza.
    Hermoso relato de la metamorfosis a la que nos someten con el cuento de dar de comer al mundo.
    Lo voy a multiplicar!!! Vale la pena !!!
    Gracias Roberto Rule por estos regalos que nos haces.

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