Un tal Pocholito Bozán – Por Roberto Rule

Cuando entró al boliche se hizo un silencio sepulcral, nadie lo conocía, vestido de gaucho con facones verijero y en la parte trasera del cinto. Se sentó y lentamente se fue sacando el sombrero, su figura extraña se retractaba en la sombra de la pared.

A continuacion contaré la cronología de los hechos que lleven a este enigmático personaje a ubicarlo en tiempo y espacio.

Era tarde para seguir andando, el animal se detuvo justo en la tranquera que decía La Parva. Tenía dos caballos, el Diablo Rojo y el Pico Blanco. El montaba siempre el Pico Blanco, al Diablo Rojo lo llevaba para cargar los bultos. La tranquera estaba sin candado, se bajó, la abrió y ahí nomás junto al poste mismo que sujetaba sus riendas orinó. Se acomodó el chiripá, zapateó la tierra para sacarse algunas gotas que pudieron no haber caído, se acomodó el sombrero panza de burro y despacito se metió para las casas. Era Pocholito Bozán quien estaba entrando, un paisano reservado, de pocas palabras y de costumbres extrañas: le gustaba repetirse. Toda su vida era perseguida por su empecinamiento en volver a hacer lo mismo. Nadie llegaba a entender por qué lo hacía, a lo mejor era para darle un sentido a su vida. Ignorando que lo obligaría a ser esclavo de sus costumbres y que lo condenaría a pasar sus días en la oscuridad de una celda. Golpeó las manos y por la puerta de entradas a las casas salió Irma Judith, hija de Carmen Cazzaniga Chiesa. A Carmen que había sido institutriz en Inglaterra, que utilizaba el inglés de Londres para hablar con las visitas que venían de Buenos Aires, el italiano para insultar y despotricar contra las alimañas que le comían los pollitos, y el latín para definir con una frase una situación, le habían enseñado la cultura de la hospitalidad. Ahí nomás le pregunto su nombre, qué andaba buscando y lo invitó a bajarse. Pocholito se tiró del caballo, le dio la mano, y le hizo saber su necesidad de trabajar. Irma le indico el lugar donde podía dormir. A la mañana siguiente cuando fueron a verlo ya estaba levantado, recostado en la cumbrera del rancho. El sol comenzaba a salir, le indicaron el lugar donde quedaba el maizal donde tenía que juntar maíz. Justo al lado de los Gariyos, unos puesteros que tenían su casa en el cuadro El Doce de la estancia.

Pocholito regresaba todos los días de su trabajo con la caída de sol, golpeaba dos veces sus manos, se soplaba su mano derecha, tocaba su facón verijero, salivaba y frotaba fuertemente sus manos. Cuando lo atendían solo decía un número: que se interpretaba que correspondían a las bolsas juntadas durante la jornada. A la mañana antes de que saliera el sol ya se lo veía recostado en la cumbrera y nuevamente de regreso volvía a golpear dos veces sus manos y todo era repetirse… Ese parecía ser su destino. Fuera de su rutina, una mañana pidió las cuentas, le preguntaron por qué se iba si todavía quedaba trabajo y el contestó con pocas palabras: porque se me dio la viaraza. Recibió el dinero, tendió la mano y saludó, se subió al Pico Blanco, agarró el cabestro del Diablo Rojo y muy despacito se fue yendo. Lo siguieron con la mirada hasta que llegó a la tranquera, ahí vieron que se detuvo junto a un poste, luego acomodó su chiripa hasta perderse en la inmensidad de la pampa.

A la noche llegó la patrulla, lo llevaban a Pocholito esposado en la parte de atrás de una estanciera. Contaron lo que había sucedido: todos los boliches del partido de General Alvear, Bolívar y Tapalqué, lugares donde solía frecuentar el detenido, estaban avisados qué si aparecía un gaucho con dos caballos, se sentaba dando la espalda al mostrador, pedía una lata de sardinas que abría con un inmenso facón, un paquete de Criollitas y una damajuana de vino, debían avisar inmediatamente a la policía. Lo detuvieron en Los Cuatro Caminos de General Alvear. Su dueño José Luis González fue el que dió el aviso. Pocholito que era buscado intensamente por sus delitos permanecía en silencio mientras Irma les preguntaba por qué lo habían llevado detenido a                                               su casa. Queremos revisar todos los lugares por donde anduvo le contestó el policía. Fueron hasta el galpón, luego al cuadro El Doce. Al rato volvieron todos los policías agitados, con la mirada de horror en sus caras.

¿Qué pasó?,¿qué pasó?, a los gritos preguntaban las dueñas de casa. Algo terrible sucedió, mataron a los Gariyos, están todos muertos, les contestaron. Avisaremos para que retiren los cadáveres dijo que el que parecía mandar.

Entre lamentos y sollozos volvieron a preguntar como intuyeron la horrible tragedia, y un policía con lágrimas en los ojos le contestó: le gustaba repetirse al miserable, ya lo había hecho en cinco estancias donde había trabajado, le gustaba repetirse al malparido, por eso enseguida vinimos para acá, sabiendo que algo grave podría haber pasado.

Arrancaron con las luces encendidas, las dos mujeres con la tristeza en el cuerpo vieron cómo se detenían en la tranquera, lo bajaban agarrado de los brazos, permanecieron un instante, volvieron a subirlo y partieron como si los apurara el tiempo.

Seguro que pidió como último deseo repetirse, como cuando ingreso a nuestro campo, le dijo una mujer a la otra. Después de un silencio eterno Carmen murmuro: “Mirum est quam leviter mali credant omnia eis elaborare” (es extraña la ligereza con que los malvados creen que todo les saldrá bien).

La noche era inmensa, parecía definitiva, como si hubiera llegado para siempre.

Roberto Rule

robertorule@yahoo.com.ar