RETRATO DE UN BOLICHE DE CAMPO -Por Lis Solé

Historias del viejo boliche “San Juan” de Crotto, olvidado almacén demolido en el año 62 y que provocó su olvido. Ubicado en General Alvear en la esquina de la estancia “Los Flamencos”, fue boliche y almacén de Ramos Generales, estampa rural de venta e intercambio de productos, centro comunitario de todo el paraje, vivo en los recuerdos de la gente que habitó el lugar y que hizo posible su retrato. 

    Muchas veces, la historia queda en manos del viento y al no guardar registros ni documentos e irse las voces de los abuelos, es muy difícil descifrarla. Así, se pierden historias fundamentales en el crecimiento de los pueblos, esfuerzos y experiencias de años y décadas donde hombres y mujeres forjaron el presente. 

    La historia bonaerense cambió a partir de la creación de los pueblos porque el campo se llenó de gente y las pulperías, postas solitarias, debieron adaptarse convirtiéndose en almacenes para intercambiar alimentos, telas, herramientas y otros artículos por “productos del país” que iban desde verduras y huevos hasta cueros, lanas o plumas tal y como seguramente sucedía en el viejo boliche “San Juan”, comercio que casi nadie hoy recuerda pero que su sola estampa define la importancia de su existencia.

BOLICHE DE JOSÉ CROTTO EN “LA FRANCIA” 

    El “boliche” se encontraba a la entrada de la estancia “La Francia” de José Crotto que por sucesiones posteriores dieron lugar a las estancias “Los Flamencos”, “La Maruja” y “La María Luisa”. 

    Quizás el italiano Giuseppe, José Crotto, pionero del entonces desierto bonaerense, construyó el boliche incluso antes de comprar el campo a Robles en 1873 recién llegado de “la esquina de Crotto”, otra pulpería de su propiedad que fue posta de galeras desde 1856 en el partido del Tordillo.

    Ese año don Roque Robles, le transfiere las acciones y derechos correspondientes a dos leguas cuadradas de terreno de su propiedad. Así lo escribe Robles en el expediente de venta donde aclara que las dos leguas mencionadas lindaban “por un costado con Don J. Justo y Dn. Luis Goya; por otro con don Santos Villafañe; por otro con las dos leguas que tengo transferidas a don Agustín Rivas y por otro con el terreno que me reservo”.

    Ante el escribano Iriane, el 20 de mayo de Roque Robles ratifica la transferencia que ha hecho a favor de Don José Crotto por 108.000 pesos, las primeras dos leguas de su propiedad en General Alvear que serán más año tras año, siendo su presencia constante en la historia de Alvear y el vecino pueblo de Tapalqué. 

CAMINOS QUE YA NO ESTÁN

    El Almacén de grandes proporciones que sobresalía de las casas ranchos circundantes, se encontraba en el Cuartel VII distante a 25 kilómetros de Alvear cruzando toda la calle Urquiza doblando a la izquierda hasta el paraje “Los Flamencos” –hoy “La Mama Chocha”-. Al llegar a la estancia, el camino no tenía la curva y contra curva actual donde está la Escuela N°21, sino que en tiempos antiguos, seguía orillando el caserío pasando por delante del boliche “San Juan”. 

EN EL VIDRIO SE LEÍA: “SAN JUAN”

    Difícil saber si el boliche fue construido por Crotto antes de adquirir la estancia, o fue construido después. Han pasado ya casi 150 años desde ese momento y no hay documentos que lo comprueben pero de acuerdo a su estampa, seguro que fue un gran almacén de Ramos Generales más por la experiencia anterior de José Crotto después de tanto trabajar en el Tordillo. 

    El “Boliche San Juan” ya no está y tampoco las construcciones que lo rodeaban. El primer edificio que fue demolido fue “el chalet” o sea, la casa de los patrones y luego fue el boliche ya que a pesar de los excelentes materiales usados en su construcción, abandonado y asentado en barro se deterioró y fue demolido en 1962, pero la casa de los peones y la casa de la abuela Aurelia estuvieron en pie hasta los años 80.

    La pieza clave de esta historia es Martina Verdún, nacida en 1944 en Tapalqué y que llega al lugar con solo 15 años. Las experiencias vividas en “Los Flamencos” quedaron marcadas en su memoria y cuenta “como si lo estuviera viendo” la llegada de la estancia, las personas que estaban, los detalles de construcción de cada construcción y por supuesto el boliche donde vivió cuando llegó y que aún estaba con sus estanterías originales, el mostrador, las rejas y galerías y los vidrios en la puerta principal donde aún se leía pintado de blanco: “San Juan”. 

    Martina Verdún llegó a trabajar como cocinera de los Crotto en 1958, ya esposa del capataz “Nacho” Alvo y como el encargado anterior aún vivía en la estancia y no había lugar para ellos, reacondicionaron dos de las piezas del antiguo boliche, una como dormitorio y otra como cocina comedor usando el baño que se encontraba afuera, pegado a la casa de los peones que estaba bien instalado y tenía agua corriente.

LA LLEGADA DE PEDRO ORELLA

    Si José Crotto compra el lugar en 1873, seguramente el boliche debe haber sido construido en la década del 80 o quizás antes por lo deteriorado que se encontraba en 1960. Levantado en épocas donde no había caminos, con la reciente derrota de Calfucurá en la batalla de San Carlos de Bolívar a unas pocas leguas, con la amenaza de indios y gauchos matreros entre arreos de animales que seguían las huellas a campo traviesa, las esquinas de campo eran el paisaje esperado donde se podía socializar, jugar un poco y comprar los “vicios”, de tabaco, yerba, azúcar y mientras tomaban algo y se pasaban las últimas noticias.

    Cuentan que en 1889, el bolichero era el español Pedro Orella (1859- ) que llegó a Alvear a trabajar directamente en el boliche “San Juan”, actividad típica de muchos españoles que vinieron como bolicheros y que consiguieron armar una gran fortuna gracias a su gran habilidad para los negocios y que terminaron, tal como los Crotto, los Olaso o los Orella, comprando campos y criando animales. Por ahí, Orella se instaló como inquilino o quizás en sociedad con Crotto “por muy poco tiempo” para pasar después a instalarse en el Paraje el “Chumbeao” por su amistad con José Villaverde, casado con las hijas de Roque Robles y hermano de su esposa Salomé. 

EL BOLICHE QUE RECUERDA MARTITA VERDÚN

    Martita recuerda su llegada a la estancia como si fuera hoy. Como no había lugar para ellos, limpiaron las dos piezas que estaban al lado del despacho del boliche donde dormían y en la otra, armaron la cocina. La construcción no tenía baño adentro pero “había uno muy lindo saliendo del boliche pegado a la casa de la abuela que tenía hasta bañera y era el que usábamos nosotros. El baño tenía agua corriente como lo había en toda la estancia, agua que venía de un molino alto que estaba más atrás”.

        El salón grande del boliche tenía una puerta que daba a la calle, al frente, y un ventanal con reja que daba para el lado de la colonia para despacho de las bebidas de unos 1,40 X 2 metros; esa ventana estaba al costado, bajo la galería y desde allí se veía el galpón que también se usaba de depósito. Todas las paredes eran asentadas en barro y tenían revoques de barro a la cal por fuera y por dentro.

    Las ventanas del frente tenían claraboya y por supuesto, rejas. La puerta principal, la que tenía el vidrio con las letras pintadas de blanco, tenía dos hojas sin claraboya, y por esa puerta se accedía a un salón de venta de unos 4 o 5 metros por seis metros  de frente que en el 58 ya estaba medio derrumbado. El piso era de madera con sótano, pisos de madera suspendidos con una puerta grande que daba al depósito con portón y ventanas con rejas. 

    Para atrás tenía una puerta que daba para el aljibe con alzada de hierro con dos ventanas con rejas. Todo el techo tenía caída para atrás lo que explica la existencia de las canaletas y el aljibe de brocal alto, redondo, con roldana y dos puertitas de chapa recordadas por Silvia y Alejandra, las hijas de Martita.

EL DESPACHO 

    Martina habla con firmeza y con sus manos “dibuja” el despacho por dentro, describiendo un salón de unos seis metros de largo por cuatro de ancho con una ventana enrejada igual que la de la pieza que daba al frente. Martina recuerda que el boliche “era alto como la Casa Ortiz que está en el pueblo cerca de la Comisaría, en la esquina. La fachada era como ese negocio pero derecho, sin arcos para arriba”.

    Dentro del despacho estaba el mostrador que iba hacia atrás y daba la vuelta al fondo con la curva en L característica de almacenes de ramos generales. Todas las paredes detrás del mostrador de madera estaban cubiertas de estanterías de madera atornilladas a la pared y para el otro lado del mostrador, donde estaba la ventana de despacho de bebidas, no había estantes sino que era la pared lisa, revocada a la cal.

    ¡Qué fácil imaginar todas esas estanterías repletas de botellas, latas de galletitas, pequeñas latas de té o café, ollas y sartenes y mil cosas más para las casas de campo! Abajo los cajones con fideos, azúcar o harina de venta al peso y sobre el largo mostrador los frascos de caramelos, las balanzas y la infaltable Caja Registradora.

AFUERA DEL BOLICHE… GALERÍAS ALREDEDOR

    Como toda vivienda campera, el boliche estaba rodeado por una galería de chapas -salvo el frente que no tenía- sostenida con postes, con veredas de ladrillos de unos dos metros de ancho donde más de un viajero debe haber hecho noche sobre su apero. Seguramente habría unos cuantos palenques para atar los caballos pero Martina no los recuerda, quizás porque ya hacía mucho que no funcionaba como boliche. 

    Por fuera había dos grandes plantas de eucaliptos y también algunos pinos que quedaban del boulevard yendo para el lado de “La Maruja”, todas plantas que estuvieron allí hasta que la familia Alvo se vino al pueblo en el año 1988.

LA CASA DE LOS PEONES

    Como toda estancia de trabajo típica de la época, las construcciones no eran ostentosas. La Casa de los peones estaba ubicada a un costado y más adentro, atrás del “Chalet” de los patrones. Era un rancho largo que tenía cuatro piezas en hilera con las puertas que daban para “La Maruja” y para el lado del boliche y el aljibe, tenía unas ventanas chiquitas con dos celosías de madera por dentro, con galerías de ladrillo de dos metros de ancho alrededor de toda la ranchada.

    El rancho de los peones tenía techo de junco, no de chapas. Muy antiguo, había que barrerlo todos los días porque tenía revoques que se caían constantemente. La galería que estaba a los lados del rancho era de más de diez metros de largo y las cuatro piezas se comunicaban por dentro, con puertas hacia el lado de “La Maruja” y ventanas chicas hacia la parte posterior del boliche desde donde se veía el aljibe, reservorio que recogía el agua de lluvia con las canaletas que había en las galerías.

LA DEMOLICIÓN

    El boliche fue demolido en el año 1962 o 63 y todos los ladrillos se los llevaron a la estación Crotto, a la estancia “San Enrique” de Enrique Crotto, al igual que todas las rejas, los tirantes y pisos y techos de pino tea; a partir de ahí, se rellenaron los sótanos de las piezas y el negocio con tierra salvo el depósito que tenía piso de ladrillos como las galerías.

    Por unos cuantos años, quedaron sólo los cimientos hasta que los Crotto decidieron levantarlos ocupando para ello al marido de Nora Alanis, tractorista de “Chito” Campomenozzi conocido como “Cordobita”, que tomó el trabajo en “Los Flamencos” “para hacer una changa”. 

BOLICHES PIONEROS EN LA DISTANCIA

    Los recuerdos tan claros de Martita y la ayuda de los vecinos permitieron el dibujo del boliche que ya no existe, casa de negocios que seguro marcó la vida de mucha gente durante sus 90 años de existencia, pocos en la historia universal pero con tanto peso en varias generaciones de alvearenses.

    Hasta allí llegarían las caravanas de carretas, los indios amigos y los gauchos de a caballo en un alto en el camino; también los sulkis y las chatas hicieron noche en sus galerías sombreadas. ¿Cómo olvidar esos años que permitieron que vivamos esta realidad? Quizás la nota es larga, pero lo amerita un boliche que fue centro de un paraje pero que casi nadie lo recuerda y que a lo mejor, este testimonio de Martita Alvo sea el único que documente su existencia.

    Boliche “San Juan”. Un descanso, un alivio para el viajero solitario en el medio de la pampa sin árboles. 

    Un alto después de leguas de soledad y distancias. Otra historia de muchos, recuperada.

Fotos: 

  • Boliche “San Juan” dibujado por Lis Solé según narración de Martita Alvo.
  • Don José Crotto, dueño de esas tierras desde 1873.
  • Interior de un almacén de ramos generales. Foto Archivo Histórico Municipal de Posadas. 

Entrevistados: 

Manuel Orella, Pedro Orella, Martín Orella, Martina “Martita” Verdún de Alvo, Alejandra y Silvia Alvo, “Pucho” Campomenosi, Silvia Martín, Jorge Buduba, Cascallares, Godoy, José Crotto e Ignacio Crotto.

Bibliografía:

  • 1872. Expedientes de compra de dos leguas de terreno: Roque Robles y José Crotto.
  • Genealogía familiar.