Fue el año más triste que se recuerda de la historia del planeta. La cuestión había empezado al comenzar la primavera en la parte sur de América. Los árboles permanecían sin hojas y sin flores. Llegó el 21 de septiembre y todo seguía igual sin cambios en las ramas y en los troncos. Vino el verano y la gente y los animales no tenían donde guarecerse del sol. Todo permanecía gris, sin tonos y desolado. La gente empezó a llamar al fenómeno como la venganza de los árboles. Los expertos opinaban, los periodistas relataban, los niños se preguntaban por la tristeza del planeta. En el resto del mundo sucedía lo mismo. Era nuestro destino atado a los árboles lo que nos preocupaba. No se encontraban respuestas, cuando apareció un niño que decía que tenía un árbol lleno de hojas y flores, nadie le creyó. Fue a los programas de televisión, radios, se paraba en las esquinas de la ciudad a gritar la novedad.
Cuando pasó el invierno y nuevamente venía la primavera, pensando que la civilización, los animales y los insectos ya no podrían seguir sin las hojas de los árboles y sus flores, el presidente del país, un hombre sensible, amigo de la naturaleza y de los niños le preguntó dónde estaba su árbol. Le dijo que se lo mostraría si iba solo y cumplía lo que el árbol tenía para decirle.
Anduvieron durante dos días, entre campos y rutas desoladas hasta llegar a una casa muy humilde en el medio del monte. Abrió la puerta y detrás de las paredes apareció un Jacarandá con sus flores azules. Asombrado le preguntó cómo había hecho para lograr ese milagro. El niño lo invitó a sentarse y le dijo: escuchemos al árbol, tiene algo que decirnos. Permanecieron un largo rato en un aparente silencio y el niño le preguntó si había oído al árbol. No, contestó rápidamente, eso es imposible, los árboles no hablan. ¿Cómo que no hablan? le contestó el niño, ellos hablan pero ustedes no saben escucharlos. ¿Tú lo escuchaste? le preguntó con extrañeza el presidente. Por supuesto y tiene mucha razón. ¿Razón por qué le preguntó?. Del futuro de la vida por el trato que están recibiendo los árboles. Los están mutilando, cortando, podando, secando, incendiando, destruyendo a nuestros compañeros de sueños y destinos. Preguntale por favor que tendríamos que hacer para volver a tener sus hojas y sus flores. Inmediatamente el árbol le hablo al niño: necesitamos ser acariciados, abrazados, necesitamos que nos hablen, nos canten, escuchar cuentos como el “Arbol Carolina” de Aroldo Conti y canciones como “Ata una Cinta Amarilla al Viejo Roble”. Necesitamos que durante un año no se tale un solo árbol más. Luego renovaremos año a año ese compromiso. El niño le dijo al presidente que apoyara la mano en el tronco y le prometiera que cumpliría el compromiso y que nunca diría con quien había hablado sobre el tema.
De regreso a la casa de gobierno redactó un decreto prohibiendo la tala de árboles por un año.
Lentamente el en palacio de gobierno fue el primer lugar donde se observaron hojitas en un fresno, luego toda la naturaleza se cundió de flores, hojas, insectos y pájaros. Vinieron de todas partes del mundo a observar el fenómeno y el presidente respondía que solo prohibiendo la tala volvería la primavera.
De esta manera los árboles y los gobiernos del mundo, año a año, renuevan sus promesas que se cumplen inexorablemente a la llegada de cada primavera.
Roberto Rule


Muy bueno Roberto, siempre escribiendo con sensibilidad y agudeza.
Un relato hermoso para contarle a los niños y niñas, para educarlos en la valoración de la naturaleza. Una utopía escrita con maestría y sutileza.